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martes, 1 de septiembre de 2026

De Cenizas, Óleos y Zapatillas de Cristal: El Legado de Cenicient

Estos días, he recordado el cariño que siempre tuve por este cuento en particular. He leído La Cenicienta un montón de veces, en distintas versiones y formatos: desde los pequeños cuentos que me compraban mis padres hasta un gran libro donde se recopilan todos los relatos de los hermanos Grimm. Todo ello pasando por un sinfín de episodios en televisión donde se reproduce, se habla o se disfrazan de este personaje. Disney y la gran pantalla también han sido prolíficos en cuanto a representar la vida de la pequeña huérfana.
La Cenicienta es uno de los cuentos de hadas más conocidos por todos los niños del planeta. Es un relato muy antiguo del que se conserva una primera versión en China en el siglo IX d.C. A nosotros nos ha llegado principalmente en dos vertientes: la de los hermanos Grimm y la de Charles Perrault. Esta última es la más popularizada, aunque ambas versiones son muy diferentes entre sí.
Perrault nos ofrece un cuento irreal y de ambiente selecto y refinado: el palacio, las fiestas, los vestidos, el banquete, el baile… Prueba de ello es el detalle de las zapatillas de cristal de la protagonista. El autor nos evita escenas poco gratas para ser expuestas en la corte —que es donde se leían sus cuentos— como, por ejemplo, que las hermanastras se autolesionen los pies para poder calzarse la codiciada zapatilla, un pasaje que sí citan los hermanos Grimm.
La Cenicienta de Perrault es una joven bondadosa en extremo y con poca voluntad; incluso es ella quien elige dormir entre cenizas, mientras que la de los hermanos Grimm es obligada a hacerlo. Por eso quizás la versión de Perrault es la que más se ha popularizado, por no ser tan cruel como la de los Grimm. De hecho, Walt Disney se basó en ella para realizar su clásica versión cinematográfica en dibujos animados.
Las hermanastras de los Grimm son perversas y malvadas, mientras que las de Perrault no son tan crueles; quizás deberíamos decir que son simplemente “poco amables”, ya que se limitan a ignorar a Cenicienta, pero no le infligen humillaciones tan drásticas. Otra diferencia sustancial es que en Perrault aparece un hada madrina que es la que mueve a la chica a actuar; ella, por sí sola, no lo hubiese intentado jamás. En cambio, en los Grimm, es la propia Cenicienta quien se acerca al árbol que personifica a su madre muerta —con la que nunca pierde el contacto a través de sus lágrimas— y allí se refugia y le pide los vestidos para poder ir al baile.
Perrault lo escribe todo más mágico, con la utilización de la calabaza como carroza, los ratones convertidos en lacayos y los harapos en preciosos vestidos. Además, advierte que si vuelve más tarde de las doce, el hechizo se desvanecerá. En el cuento de los Grimm, a Cenicienta nadie le impone un límite horario. El príncipe de los Grimm es también más ingenuo y astuto: decide untar de pez la escalera para seguir la pista de la muchacha, va en persona a buscarla y la acepta como una chica normal. En Perrault, el príncipe es más... “príncipe”: manda a un criado y, al descubrirse el hecho, aparece el hada madrina y viste de nuevo a la chica con bellos ropajes, manteniendo el engaño.
El final también difiere. Mientras que en Perrault Cenicienta acepta a sus hermanastras y se preocupa por ellas —lo cual resulta poco verosímil, pero claro, ella es dulce de corazón—, los Grimm son más realistas, pero también más crueles, castigándolas con la pérdida de los ojos a manos de las palomas. Perrault nos relata un cuento cortés, en el que la boda es pomposa y solemne, colmando todos los pesares de la joven.
Sea como fuere, de todas las adaptaciones cinematográficas me quedo, sin duda, con la que se realizó en 1998 dirigida por Andy Tennant: “Ever After: A Cinderella Story” (Por siempre jamás). El guion está inspirado libremente en el trasfondo de los hermanos Grimm, pero elimina la magia, el árbol y cualquier elemento sobrenatural para ofrecernos la bella historia de Danielle (Drew Barrymore), una joven culta que se rescata a sí misma, y un príncipe que no se habitúa a sus deberes en la corte (Dougray Scott).
Mención aparte merece la magistral interpretación de Anjelica Huston como la Baronesa Rodmilla de Ghent. Huston es una actriz de bandera que devora la pantalla en cada aparición. Su soberbia no nace de una maldad caricaturesca, sino de una profunda frustración vital. Detrás de esa sutil “exageración” de gestos ante los reyes y su porte aristocrático al andar casi de puntillas para encajar en el protocolo, se esconde el rencor de una mujer que se siente atrapada. Rodmilla desprecia a Danielle porque le recuerda al hombre que la abandonó; una herida que estalla en ese desgarrador grito ante la muerte de su esposo: “¡No me dejes aquí, Auguste!”. Un desprecio que nace del dolor de verse olvidada en un villorrio y que convierte a esta madrastra en un personaje trágico e inolvidable.
Esta fascinación por el baile y el calzado esquivo me llevó hace un porrón de años, durante un ejercicio en mi taller de escritura cuyo reto era inventar otro final para nuestro cuento favorito, a imaginar la escena desde una perspectiva muy diferente. Corregido y ampliado tiempo después, este fue el destino que tracé para aquella noche:
CENICIENTA EN EL BAILE
Por fin había llegado el gran día. Mi deseo finalmente se había cumplido.
Era un gran baile, por todo lo alto. La corte entera se hallaba presente y yo me sentía parte importante de esa celebración. La música sonaba en el salón, las danzantes figuras daban vueltas y más vueltas, los tules y lentejuelas brillaban bajo mi potente luz; todos mis brazos extendidos e iluminados daban amplitud a este gran espacio lleno de máscaras y risas.
De pronto, allí estaba. Sobre la escalinata de la entrada se hallaba la criatura más perfecta y maravillosa que había contemplado nunca: de oscuros ojos cual azabache y labios sonrosados, ligeramente húmedos en espera de ser besados por un gran amor. El cabello, de rizos perfectos, caía graciosamente sobre su rostro de porcelana. Ningún adorno superfluo quitaba belleza a su hermoso cuello de cisne; su pecho, palpitante de emoción, se asomaba con timidez bajo un vestido de tul tan fino que parecía confeccionado con polvo de estrellas. Se adivinaba un cuerpo dotado de hermosura, sinuoso, de largas piernas que acababan en dos perfectos pies, graciosamente adornados con zapatillas de cristal.
Y allí estaba él: tan galante, tan aguerrido, tan buen mozo, rodeado de damas de la corte y de doncellas casaderas. Sus miradas se cruzaron por un simple instante. Ella, con timidez, caminó hasta el centro del salón; él corrió raudo a su encuentro. Su mirada fija el uno en el otro. Él, con sus manos trémulas de emoción, agarraba su delicada cintura, y danzaban de un modo espectacular. Todas las miradas estaban posadas en tan delicada estampa, pero para los dos no existía nadie salvo ellos mismos.
La música y las luces comenzaron a decrecer. Se acercaba la medianoche y las campanadas comenzaron a dejarse escuchar con su tañido lastimero. Ella le dirigió una última mirada y se alejó corriendo.
Él se quedó solo, abatido. La corte comenzó a dispersarse y los criados emprendieron la limpieza del gran salón. A mí me apagaron al alba. Lo último que contemplé fue un reflejo en sus manos: sujetaba una zapatilla de cristal.
Jota.
(Proyecto sobre otros finales para los cuentos de hadas, 1995. Corregido y ampliado el 05-03-2010)vuelto a editar el 1 de septiembre de 2026.



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