sábado, 31 de octubre de 2015

Yo nunca quise ser princesa…



Desde pequeña, he sido aficionada a leer cuentos infantiles, también hice algunos pinitos cuando nacieron mis hijas, y escribí algunos, pero sin relevancia, como casi todo lo que yo escribo…

El caso es que yo nunca quise ser “ princesa”… adoraba a las malvadas madrastras y a las pérfidas brujas, las imaginaba, bellas, majestuosas, con unos trajes imponentes y con mucho poder… aunque detrás de todo aquello, también imaginaba, una infancia dura, un amor perdido, una vida que no hubiese sido fácil…

A si que mi fascinación por estos personajes de cuento, se ha visto compensada con los años, pues en el cine, las “ malvadas” siempre son bellas actrices, que lo dan todo, que aunque son malas, siempre tienen un pasado infeliz, que las hace ser como son… por eso he decidido, que yo de mayor, quiero ser como ellas…

Hoy Día de Sanhain, quiero recordar a algunas…

Cuando vi por primera vez Ever After: A Cinderella Story- 1998 (Por Siempre jamás)… Angélica Huston, me fascinó por completo, era la “Madrastra” Perfecta… con un toque de “empatía” hacia la protagonista, que trataba por todos los medios de disimular, y algo de “Envidia” también…


Algo que ha sabido plasmar a la perfección la bella y elegante, Cate Blanchest en Cinderella 2015… unas madrastras de cuento que son a la vez, bellas y elegantes…



Aunque a veces las madrastras, tienen poderes, y entonces, se convierten en Brujas o Hechiceras… como la Madrastra de Blancanieves…

En Snow White & the Huntsman 2012 (Blancanieves y la Leyenda del Cazador)… una perfecta y maravillosa Charlize Theron en su papel de Queen Ravenna nos deja sin aliento cada vez que sale en pantalla, con un pasado cruel… empiezas a comprender, su maldad…



Lo mismo nos pasa con Julia Roberts en Mirror Mirror 2012,  (Espejito, Espejito) otra versión del cuento de Blancanieves, con una madrastra al estilo tradicional… pero con un pasado y un secreto demasiado oscuro para poder sacarlo a la luz…


Una Versión un poco sui géneris, de la madrastra tradicional, es la que realizó Susan Sarandon en Enchanted 2007 (Encantada, La Historia de Giselle)… en el papel de la Reina Narisa… una mezcla entre la malvada madrastra de Blancanieves, y la de la Bella Durmiente, con un propósito puramente económico… graciosa Versión de varios cuentos populares…


Siguiendo con Blancanieves y su afición por las manzanas, tenemos a la espléndida, Lana Parilla, en la serie de tv. Once Upon A Time, en el papel de Regina… un tira y afloja entre el bien y el mal, entre el pasado y el presente, pero espectacular en cuanto a belleza, trajes y poderío…


Pero no solo la pequeña Blancanieves y Cenicienta tuvieron sus enemigas en forma de madrastras y brujas, La Bella durmiente también pasó lo suyo, con su hechicera, claro que se pasó cien años dormida y no se enteró mucho… una versión de este cuento maravilloso y con actuación estelar de Angelina Jolie ,fue Maléfica 2014… una versión perfecta de carne y hueso de la que ya hiciese Disney en 1959… también con un sorprendente y agradable final…


Hay algunos cuentos que tienen varias brujas, unas más malas que otras, tal como pasa en El Mago de Oz, en la Versión de 2013 Oz: The Great and Powerful (Oz un mundo de Fantasía) podemos deleitarnos con la interpretación de Mila Kunis, en el papel de Theodora la Bruja mala del Oeste,



 Michelle Willians, como Glinda  la Bruja Buena del Sur, 


y Rachel Weizz como Evanora  la malvada bruja del Este… (Queda claro que en el Norte de Oz no existen las brujas)…

Otro ejemplo de Bruja Buena, Bruja mala, lo tenemos en Alice in Wonderland 2010 ( Alicía en el País de las Maravillas… donde unas polifacéticas, Helena Bonham Carter como Iracebeth La Reina Roja,  algo enana, sádica y cabezona 


y Anne Hathaway como Mirana, la “rarita” Reina Blanca, aunque “buena” en el fondo… todo lo sensible que se pueda ser al estilo de Tim Burton…



Y dejo para el final a mis favoritas, tanto como por sus papeles, como por su físico… son dos brujas al uso, que quieren conservar su belleza por siempre jamás…

Michale Pfeifer como Lamia en Stardust  2007… seguramente la actriz tiene que hacer alguno de esos “conjuros” para estar como está… no creeis????


Y llego al final con mi Bruja Favorita… Mónica Belucci, en su papel de La Bruja del Espejo, en El Secreto de los Hermanos Grimm… 2005,  un espectáculo de poderío Brujeril, de mala, malosa del cuento, de egoísmo por permanecer joven y bella, y un placer, para todas las que queremos seguir siendo BRUJAS…

Happy Halloween…


miércoles, 19 de agosto de 2015

Orange Is the New Black…




Hola!!! Hace mil siglos que no escribo, aunque me han recomendado por terapia, que siga dándole a la tecla, bueno si tengo que ser sincera, escribir, si escribo, lo que pasa es que luego le doy a borrar y no publico…

Tengo que admitir también que ahora leo bastante menos de lo que leía, pues lo cierto es que últimamente no encuentro mucha literatura que “me sorprenda”… y se que hay un millón de libros que me podréis recomendar, pero lo cierto es que todos me parecen iguales… supongo que será una etapa…

El año pasado comencé a ver una serie, estupenda Orange Is the New Black, un drama que nos cuenta la vida de diferentes mujeres, en una cárcel de mínima seguridad,  mujeres de todas las edades y condiciones que por circunstancias de la vida, se han visto relegadas a ese encierro…


Supuestamente la serie se basa en el libro autobiográfico de Piper Kerman, digo “supuestamente” por que yo me entusiasmé tanto con la serie, que me compré el libro y fue como un largo ploffffff!!!! Vamos, que no es que no me guste, pues está muy bien escrito, y tal, pero se parece a la serie, lo que decimos comúnmente, “como un huevo a una castaña”.


Normalmente es al revés, es decir, prefiero el libro a la serie o a la película que hacen basada en él, en este caso discrepo completamente, por que a mi parecer no se parece en nada…Mientras en el libro Piper, habla de sus vicisitudes, de su familia, de lo que tubo que dejar cuando entró en prisión etc… la serie nos muestras además toda una gama de “ colores” en cuanto a mujeres y sus vidas, unas azarosas, otras tranquilas, es una serie con una riqueza sin igual…

La protagonista es Piper Chapman, una mujer treintañera, un tanto “pija” que lleva una vida laboral y personal, altamente satisfactoria y estable. Sin embargo un hecho que creyó haber dejado atrás en el pasado regresa para dar un rumbo totalmente distinto a su vida: es detenida a causa de delito relacionado con el contrabando de drogas, que cometió, hacía diez años, junto a su entonces amante Alex Vause, una narcotraficante. Como consecuencia de ello, Piper decide voluntariamente  entrar en prisión para no ser juzgada, con traslado a una prisión de mujeres en Litchfield, Nueva York.
 
Piper and Piper, actriz y autora, lo cierto es que se parecen bastante...
Una vez dentro, se encuentra en una profunda soledad, a pesar de tener muchas compañeras, algunas intentan boicotear su llegada, haciéndole las cosas aún más complicadas… para rizar el rizo cuando se está medio adaptando, Ingresa Alex Vause en la misma prisión, renovándose entonces el amor que sentían la una por la otra a pesar de que Piper, deja a su prometido esperándola…

Mientras que en el libro esta historia cobra bastante intensidad, y Alex en realidad nunca compartió celda ni prisión con Piper, en la serie, es uno de los hándicaps, las relaciones lésbicas, que por otra parte en el libro apenas se mencionan, igual que el contrabando, o las drogas, y los problemas con los funcionarios de la prisión…


La serie está llena de matices, que tal vez, solo las mujeres llegamos a contemplar del todo, madres que tienen que abandonar a sus bebés, mujeres maltratadas que al final optan por matar a su agresor, mujeres utilizadas como “mulas” por los camellos, etc… cada una de ellas es una historia que contar y una riqueza que añadir a la trama…


Como he dicho antes, normalmente prefiero los libros, pero en este caso, me encanta la serie… la música, la fotografía, las protagonistas… os la recomiendo…





miércoles, 12 de febrero de 2014

Adiós a la muñeca del Mundo…




Shirley Temple, la estrella infantil del cine de los años 30, a fallecido…a los 85 años de edad.
Shirley, vivió su fama prematuramente, dos matrimonios, tres hijos y mas de cuarenta películas hacen su balance personal. En los años noventa trabajó para la diplomacia de los Estados Unidos.
La pequeña actriz de los rizos de oro, comenzó su carrera con apenas tres años, su madre Gertrude Krieger, la moldeó como si fuese una muñequita, al más puro estilo de la entonces “novia de América” Mary Pickford”. Para ello le realizaba cada noche la misma cantidad de bucles en el pelo, un total de 56, con una mezcla especial que aplicaba a su cabello, para conseguir así el rubio de ensueño.
Gertrude, una costurera y bailarina retirada decidió inculcar a la menor de sus tres hijos, la pasión por la danza y la interpretación, le prohibía a Shirley con cuatro años sumergirse en una piscina, solo podía chapotear, con dos gorros de baño. Además, la tenía que sobreproteger de los cazadores de souvenirs, quienes, querían a toda costa un bucle de la pequeña como recuerdo.

Con todo ello no es casualidad, que en gran parte de su vida adulta, luciese el cabello corto. Aunque siempre dijo que esto nunca fue traumático para ella, (no se yo…) En 1988 se hizo publico el primer volumen de su autobiografía “ Child Star”. Allí reveló entre muchas otras cosas, como sufrió una gran decepción en su niñez, cuando a los cinco años, su madre la llevó a un centro comercial a conocer a Papa Noel y este le pidió un autógrafo… otra niña que dejó de creer demasiado pronto en Santa…
En aquella época, la pequeña ya era famosa por actuar en Poor Little Rich Girl (1936), The Little Princess (1939), Heidi (1937) esta es una de mis favoritas o Wee Willie Winkie (1937)…ganaba más dinero que cualquier otro actor o actriz de Hollywood, con nueve años la rodeaba el lujo más absoluto, tenía poder.
Es increíble que una niña, pequeña mimada por padres y abuelos, ayudase con su imagen a curar las heridas del mundo que vivía una terrible recesión económica. Incluso el presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt sucumbió a sus encantos y le agradeció haber dado a América, un motivo para sonreír, frente a la gran depresión.

La pequeña Temple, hija de un empleado bancario, antes de entrar en la primaria había recibido un Oscar Honorario en agradecimiento a su extraordinario aporte al entretenimiento cinematográfico (1934). Trabajó para la Fox desde 1933 hasta 1940 siendo la estrella que más ganancias les proporcionó y se convirtió en la actriz más taquillera durante cuatro años.
Aunque Gertrude se estaba creando mala fama, debido a que se decía que explotaba a la pequeña, y su forma de negociar los contratos, por ejemplo dejó a la pequeña fuera de la famosa serie de cortos “La Pandilla” porque ella exigía para la niña tratamiento y salario de estrella ( que por otra parte seguro que se merecía). Mientras, Shirley daba ejemplo de profesionalidad, llegando incluso a ganarse los elogios no solo del público que la adoraba si no de los compañeros que trabajaron con ellas.
Las canciones de sus películas pasaban a ser grandes éxitos, sacaron a la venta muñecas a su imagen y semejanza que seguramente ahora valdrán unos cientos de miles de dólares para los coleccionistas del juguete “vintage”. Una línea de ropa llevaba su nombre y su estilo, todas las madres del America y parte del mundo querían tener una hija como Shirley Temple, mientras la pequeña tan solo quería ser una niña normal.

Temple era ya una mujer adulta cuando yo nací. Pero en mi infancia, vi. infinidad de reposiciones de sus películas, siempre con esa sonrisa, sus rizos perfectos, su vestido impoluto, y sus ágiles, pies…llamaba la atención de todo el mundo, cantaba, bailaba, reconcilió a unos y otros, negros y blancos, indios y cowboys, ricos y pobres.
Pero como les a pasado a muchos “niños prodigio” inevitablemente Shirley creció, el cine intentó conservarla en papeles de adolescente como ocurrió con otros artistas, como Mickey Roonuey o Liz Taylor. Pero no funcionó, nunca sabremos como hubiera sido su carrera como actriz adulta.


Su primer matrimonio fuñe con el actor John Agar a los 17 años de edad, esto la alejó de los estudios, para dedicarse a sus tareas como esposa. A los 22 años hubo algún intento de insertarse como joven mujer en el cine sin éxito. En 1948, la actriz decidió divorciarse.
Se volvió a casar dos años después, ahora con el empresario Charles A. Black, que a sido su pareja el resto de su vida, en su nuevo papel como ama de casa y madre, la actriz se consagró a nuevas tareas, actividades sociales, y se abrió paso en la política, en 1969 fue proclamada por el presidente Richard Nixon, delegada de las Naciones Unidas. En 1974 estuvo al frente de la embajada estadounidense en Ghana, en donde se mantuvo dos años. Luego se convertiría en la primera mujer  proclamada Jefe de Protocolo de los Estados Unidos. Entre 1989 y 1992 fue embajadora en Checoslovaquia. Fue nombrada la primera funcionaria honoraria del servicio extranjero en la historia de los Estados Unidos.

Fundo una Federación Internacional para combatir la esclerosis…apareció en la edición 70 de la Academia de Hollywood. La niña modelo que conquistó el mundo, siempre dijo tener una vida feliz y no lamentar nada de su carrera tanto en la gran pantalla como en el escenario político Fue quizás unas de las niñas más felices del mundo y sin duda alguna una de la más envidiada y copiada… Pero esto la transformó en un ser humano, trabajador, fuerte y con una gran generosidad, un ejemplo a seguir, para todos y en especial para los “pequeños artistas”. 

sábado, 27 de julio de 2013

El Secreto....Capítulo V

    Hernán y Alberto, derrotados, vieron cómo los dos jóvenes se apoderaban de las armas, y se alejaron de allí poniendo los caballos al galope.
    El sol se había ocultado por completo, dejando paso a una noche serena y apacible.

 V
    
Dos días después…

_ ¡No sabéis cuánto siento volver a ponerme este traje! Esta careta de polvos parece que me quita la respiración.
_ Pues es necesario que la cargues bien; si te reconocieran sería fatal.
_ No temáis. ¡Quién va a creer que el temeroso e insípido conde Oswaldo de Livov sea el espadachín que regó con su sangre el camino de entrada a Toledo.
_ Una imprudencia podía echarlo todo a rodar, hijo mío. Quizá lo más acertado sería que no fueras. Tu brazo puede delatarte.
_ Es preciso que vaya, si queremos averiguar el nombre de la personas que les proporciona las armas y con que fin.
_ El fin, puedes suponerlo, derrocar al Rey.
_ Y en caso de que fracasen, tenerlo todo preparado para que las sospechas recaigan sobre un inocente.
_ Nunca se me olvidará la cara que pusiste en el mesón cuando viste que el armamento venía a tu nombre.
_ Son astutos como zorros. ¿Quién iba a pensar en semejante eventualidad? ¡Ponerme a mí de caballo blanco! Y lo malo es que ello nos hace continuar la lucha.
_ ¿No sería mejor que, en lugar de ir a “Las Mimosas”, marchaseis a Madrid y pusierais las cosas en claro?
_ Comprendo, tío que tengáis prisa en que vuestra inocencia brille con el esplendor del sol; pero me gustaría…
_ Sé lo que te gustaría_ le atajó el conde_. Te gusta la aventura y sientes dejar en manos de la justicia la terminación de tu obra.
_ No es eso, exactamente…
Con gesto pícaro y burlón, el pelirrojo francés tomó un gran frasco de perfume y se lo tendió a su primo.
_ Sé que ningún razonamiento te hará desistir de tus planes; lo mismo que tampoco desistiría yo. Perfúmate, pues, y vete. Mucho cuidado muchacho…
_ Lo tendré Tío
Abandono la gran casa cuando llegó la noche y, en un “Victoria” descubierto, se encaminó al palacio de los condes de Alamar.
Honda extrañeza se plasmó en el empolvado rostro al ver la larga hilera de coches que se apostaba a todo lo largo de la alta tapia.
    La gran verja de hierro estaba abierta y él, dudo si hacer como los demás o seguir hasta la misma escalinata de mármol, como otras veces.
_ ¿Qué hago, señor?
_ Sigue hasta dentro, Nando, me gusta ser original en todo.
    Un lacayo con uniforme de fiesta corrió a detener la marcha del “Victoria”, pero Fernando no se detuvo hasta la misma entrada.
    Descendió ayudado por otro lacayo y el mayordomo le anunció con voz pomposa y enflautada.
_ ¡El señor conde de Montoro, Don Oswaldo de Livov!
  
 La condesa y su esposo corrieron hacia el ,con eufórica alegría.

_ Bienvenido muchacho_ y como si quisiera que los demás invitados vieran la amistad que les unía, le dio unas suaves palmaditas en la espalda al añadir: _ Os esperábamos ayer, Oswaldo.
_ Conde, nos teníais impaciente con la tardanza. La fiesta habría carecido de esplendor sin vuestra presencia.
_ Muy amables, querida señora.
_ Acercaos y os presentaré a mis invitados.
_ Ignoraba que dabais una fiesta. Vine en la creencia de que estaríamos en familia y a presentar mis excusas por mi descortesía de ayer.
_ Os lo ocultamos, temerosos de que no vendríais a causa de vuestro delicado corazón.
_ Habría venido lo mismo, condesa. ¿Qué tal, vuestro viaje a la Corte, conde?! Qué pregunta más tonta! ¿Verdad? Me alegré mucho cuando Nando me dijo que regresó sin novedad. Lamenté considerablemente no poder aprovechar vuestra amable invitación para el almuerzo condesa.
_ Ya. Imaginamos en seguida que vuestro corazón no marchaba bien.
La burla que leyó en los ojos del conde desconcertó a Oswaldo, que no supo a que atribuirla.
    Le presentaron a mucha gente, que el procuraba estudiar con toda atención, mientras sonreía al prodigar cumplidos a lindas señoritas.
    Unos ojos negros, en una preciosa cara de muñeca, le hicieron odiar con intensidad la careta de polvos, la blanca peluca de rizos, el intenso perfume que Frederick vertiera sobre su entallado “chaquet”…todo, todo lo odiaba en aquel momento.
_ ¡Maldita sea mi suerte! Lo que yo daría ahora por poder mirarme en esos ojos de princesa árabe…
_ Perdonad, conde, seguramente iba distraída y no os presté la debida atención. ¿Decíais?
    Oswaldo la miró extrañado. Por lo visto había hablado sin darse cuenta que la condesa de Alamar iba a su lado.
   Se colocó el monóculo y exclamó indiferente;
_ Nada de importancia Ana María, os preguntaba cual era el motivo de la fiesta.
_ Luego lo sabréis. Es una sorpresa_ le miró disimuladamente al proseguir_ aunque no sé si será muy agradable…
Podéis estar segura, de que nada que venga de mis queridos amigos será desagradable para mí.
_ No sé, no sé…

   Al joven le pareció que los ojos de la frágil y bella dama reflejaban tristeza, pero nada indagó sobre ello. Se limitó a encogerse de hombros y esperó la sorpresa, disimulando la impaciencia que sentía.
_No he visto a vuestra encantadora hija, condesa.
_ Luana debe andar por el jardín.
_ ¿Sola?
La dama suspiró y  movió su rubia cabellera, hablando mas para si misma que para el joven interlocutor.
_ No creo que esté sola, puesto que Alberto tampoco está en el salón. Pero no pueden tardar, ya que los músicos están dispuestos para dar comienzo el “minué”. Ya veréis conde, después de la cena, tocarán unos bailes que son famosos en toda Europa.
    Todo el gesto cansado y triste había desaparecido del rostro de la dama y sus ojos brillaban ilusionados.
_ El “minué” es mi pasión, querida señora.
_ Entonces daos prisa en buscar pareja, Oswaldo.
El joven se inclinó reverente y fue en busca de la muchachita de ojos negros.
   La encontró entre un grupo de señoras que le acogieron con simpatía. Se inclinó ante ella diciendo con rendida galantería.

_ Sería muy feliz si en lo sucesivo pudiera recordaros como mi pareja de esta noche.
Cuando se incorporó, los ojos sonreían ilusionados.
_ Es un honor que acepto caballero.
    Tanto las señoras como las chicas jóvenes denotaban en sus rostros la ilusión por la danza que iba a dar comienzo.
    En aquel momento Luana y Alberto entraba en el salón y la orquesta atacaba el preludio del “minué”.
    Ellos abrieron el baile y pronto el iluminado salón se pobló de damas y galanes que, al ritmo de la música suave y romántica, trazaban las diversas y elegantes figuras.
    Los vestidos de diáfanos vuelos, y el calzón ajustado, se unían y desunían en la danza como graciosas y versátiles mariposas…
    Oswaldo, a su pesar, admiró la belleza altiva y serena de Luana.
    Las veces que la joven condesa puso su mano entre la suya le pareció que temblaba, pero al mirar sus verdes ojos, los encontró claros y serenos.
    _ Luana… baila maravillosamente.
_ Tampoco vos lo hacéis mal.
_ Os he llamado Luana, ¿Qué os parece?
_ Muy bien conde.
     La danza les separó y le llevó a él de nuevo hacía la chiquilla de los ojos negros. Al coger su enguantada mano se la presionó levemente.
_ Sois muy bonita, mucho…como un sueño…
_ Por favor conde.
_Tanto que, por admiraros, no presté atención a vuestro nombre.
_ ¿Y os interesa…mi nombre?
_ Me interesan vuestros ojos, vuestro nombre, toda vuestra persona…
   
 La jovencita enrojeció visiblemente, turbada ante tales lisonjas.
    Oswaldo volvió a insistir.
_ ¿Me decís vuestro nombre bella damita?
    El paso de la danza les separaba ya, cuando ella dijo;

_Mari Luz Cañizares

El, disimuladamente, amparado en las figuras del baile, llevó la mano hasta sus labios y envió un beso a la linda figurita que ya trenzaba, ruborosa, nuevos pasos con otro caballero.
    El “minué” se terminó entre efusivos aplausos y todos, seguidamente, pasaron al comedor.
    Oswaldo maldijo su suerte, ya que le situaron entre la duquesa de Cañizares, madre de Mari Luz y otra marquesa también entrada en años, a las que atendió de mala gana.
     La cena transcurrió amena y agradable, pero el joven respiró satisfecho cuando finalizó.
    Antes de que los comensales abandonaran el comedor, el conde Hernán se puso en pie e hizo una señal para ser escuchado.
_ Señoras, caballeros. Esta pequeña fiesta fue dada con motivo del XIII aniversario de nuestra boda, pero tiene también otra finalidad._ Esperó ver todos los ojos coincidiendo en él, antes de seguir-: Ha sido pedida la mano de nuestra hija por don Alberto de Mendiazábal , marqués de Tornellá, y nos sentimos muy complacidos, tanto Luana como nosotros, del honor que nos hizo fijándose  en ella para continuar la raza y la estirpe de tan distinguida casa. Por lo tanto, y ya que el marqués tiene su puesto en la Corte, la boda se celebrará muy en breve.
    Grandes aplausos cerraron la noticia que ya muchos esperaban. Oswaldo miró a Luana que impasible recibía los parabienes y enhorabuenas con la misma altivez que una reina antes sus súbditos.
    El también se acerco a ella, pero, en vez de felicitarla como hacían los demás, se inclinó ante ella y le dijo:
_ Me haríais feliz concediéndome el segundo baile.
_ ¿Por qué el segundo?
_ El primero es de ritual que lo bailéis con vuestro prometido.
_ contad con el segundo conde.
_ Habíamos quedado en me llamaríais Oswaldo.
Luana esbozó una sonrisa al decir:
 _ Os espero, Oswaldo, en los primeros preludios del segundo baile.
    Luana fue acaparada por las otras muchachas que deseosas de saber, la preguntaban.
_ ¿Cómo irás vestida?
_ Quién será tu madrina?
_ ¿Llevaras corte de honor?
_ ¿En quienes recaerá tu elección?
_ Por favor, amiguitas, ¿No os parecen muchas preguntas para contestarlas ahora?
_ Tiene razón, chicas; ya lo iremos sabiendo todo a su debido tiempo.
_ Yo me consuelo pensando que no falta mucho…
_Si; el conde dijo que muy en breve.
_A, ¡Que suerte, irte a vivir a Madrid!

Luana sonrió con amargura, pensando que aún había quien envidiaba su suerte.
Alberto, mientras, recibía los parabienes con sonrisa feliz, ya que aquel enlace colmaba sus aspiraciones ¿Que la novia no le amaba? El la deseaba y eso era suficiente. Haría en la Corte una bonita marquesa y el título cobraría esplendor con su seductora belleza…
    La orquesta atacó los primeros compases de una alegre “giga” y él se encaminó en busca de la que era ya su prometida. Sin una pregunta, la enlazó por la cintura y se deslizaron por el brillante salón.
    Las demás parejas siguieron su ejemplo y pronto el recinto ofreció el aspecto de un enjambre de aladas y encantadoras mariposas.
    Al segundo baile, Oswaldo fue en busca de su pareja,
_ Llegó mi turno, condesa. Ya veis que no os llamo ningún diminutivo, ni siquiera Ana.
_ Y yo os agradezco que así sea.
_ Espero que al bailar conmigo, vuestro gesto sea algo más alegre y cordial que el que lucisteis en el primer baile_ prosiguió el conde.
    Luana sonrió con amargura y se dejó enlazar por el hombre, cuyo perfume apagaba el suyo.
    El joven, olvidando su papel, bailaba con toda su destreza y, a medida que la pieza avanzaba, apretaba más el cerco de su brazo en torno a la juvenil cintura…
_ Esta noche estáis encantadora.
_ Lo menos importante para mi, es mi belleza esta noche.
_ ¡Que desatino! En cualquier ocasión de la vida, una mujer tiene que preocuparse de su belleza, ya que en ella tiene un arma poderosa.
_Un arma poderosa…
_ ¿Dije algo inconveniente?
_No.
_ Esta noche, vuestra belleza podría conquistar un trono, si os lo proponéis.
    La apretó más contra sí, y sus ojos, libres del disimulo de otras veces, reflejaron la admiración que la joven despertaba en el.
    Luana le miró extrañada.
_ Podía decirse que Toledo os ha cambiado conde… Y yo diría que esa voz…
    No terminó lo que quería decir. Su pensamiento había seguido otros senderos.
    Oswaldo, se dio cuenta de lo que se jugaba si se dejaba llevar por sus impulsos, volvió a su papel de conde francés, amanerado y cursi.
_ En nada he cambiado, Luan… Perdón, Luana, es sencillamente, que el baile ahuyenta de mí todo pensamiento triste. Olvido que mamá murió del corazón y papá… Bueno, no quiero entristecerme, ya que ello podría perjudicar mi salud.
    Se inició otra pieza de baile, pero esta vez bailó con Mari Luz, no volvió a bailar con Luana en toda la noche.


* * * * *

sábado, 13 de julio de 2013

El Secreto...tercera parte del capítulo IV

Frederick, antes de desaparecer entre los oscuros árboles, levantó la mano en señal de despedida y sonrió malicioso al gritarle a Pedro:
_ ¡Has de comprar una nueva escalera, cualquier aventura galante puede terminar en tragedia, si el galán tiene que escapar por ella! Está ya muy vieja.

* * * * *

    Apostaron los caballos tras un pequeño monte coronado de abetos y descabalgaron, sentándose entre el enmarañado follaje.
    Los minutos se sucedían con agobiante lentitud y el sol, que iluminaba aquel solitario paraje, empezaba a perder fuerza al ir declinando la tarde.
_ Lo que es de disfraces marcho bien esta temporada cuando vuelva a mis correrías carnavalescas en Viena, voto por las barbas de Lucifer que bien entrenado voy a estar en el fingimiento y el disimulo.
_ Dichoso tú que piensas volver a Viena. Yo…
    Los oscuros ojos de Oswaldo se clavaron en el joven con simpática burla.
_ Claro, pobre, Frederick; tu espada no está práctica en la esgrima, y es casi comprensible que sientas miedo.
    Los dos rieron y ambos pensaron en lo mismo: en las muchas veces que sus espadas habían salido triunfantes en el campo de honor.
   El alegre y lejano tintineo de cascabeles les hizo enderezarse y ponerse en guardia.
    Los dos simultáneamente empuñaron la espada.
   El cascabeleo se sentía cada vez más cerca. Montaron sus caballos y se dispusieron a atacar.
_ Oye, ¿Y si no fueran ellos?
_ Enseguida lo sabremos.
Oswaldo trepó monte arriba, protegiéndose entre los gruesos árboles y mirando a lo lejos. Luego, sonriendo, se reunió con su primo.
_ Menudo susto habríamos dado a esa pobre gente, si les atacamos.
_ ¿Quienes son?
Efectivamente, sólo unos segundos después una antigua y renqueante diligencia, atestada de viajeros dejaba atrás el escondite de los jóvenes, perdiéndose a lo lejos.
    No volvieron a descabalgar. La hora de la lucha no podía estar lejana y ellos empezaban a sentir los nervios en tensión.
_ Oye, primo. ¿Qué fue de aquella condesa italiana que te trajo mareado la última temporada?
_ ¿Te refieres a Isabella?
_ Si, es una verdadera belleza y te confieso que llegué a sentir miedo por tu soltería; sus ojos negros…
_ Por mi soltería no pases cuidado, Frederick; bastante tienes con preocuparte de la tuya.
_ Mi caso es diferente. Linette sabe que un día tendrá que decir adiós, aunque eso tarde aún mucho tiempo. Oye, ¿Qué tal es la hijastra del granuja que aguardamos?
_ ¡Pchs! Discreta. Tiene unos ojos muy bellos…
_ ¿Negros?
Frederick hizo la pregunta como si temiera una respuesta afirmativa.
    Oswaldo río contenidamente.
_ No, todo lo contrario, son verdes, aunque reconozco que son preciosos. Lo más atractivo en ella es un mohín indolente y altivo que hace cuando se burla…cuando se burla de mí.
_ ¡Cómo me gustaría verte en tu papel!
_ Un papel que, si hoy tenemos suerte, no interpretaré jamás.
_ ¿No sentirás el no poder volver a ver a esa dama?
_ No, no sentiré dejar de verla; pero no pienso irme de Toledo sin aplastar con mis labios ese mohín, que dio vida a Luis Martín González.
_ ¿No crees que besar a esa criatura pueda ser perjudicial a tu gastado corazón?
Los dos, rieron burlonamente.
_ El corazón de Luis Martín, no acelera sus latidos, por fuertes que sean las emociones a que se le sometan. Lo que no soportaría mi corazón es salir de España deseando haber besado a esa muchacha, ya que siempre me acompañaría el resquemor de un capricho no realizado. Además, juré besarla y siempre cumplo mis juramentos.
_ Siempre que no se trate de amor, ¿Verdad?
_ Nunca juro amor, Frederick.
_ ¡No lo comprendo!
_ ¿No? Pues es bien fácil.
_ ¿Quieres entonces decirme el secreto?
_ No hay tal secreto. Nunca les digo que las amo; son mis ojos los encargados de jurarlo, y créeme, además de no ser nada comprometido, es un juramento muy eficaz. Puedes hacer la prueba y verás su eficacia.
_ Lo haré primo, lo haré…
 Sus alegres carcajadas fueron cortadas en seco por un cercano cascabeleo.
Oswaldo repitió la operación anterior y vio avanzar rápidamente hacia allí un tronco de caballos que tiraban de una lujosa carroza.
Descendió a toda prisa y, por sus gestos, Frederick comprendió, que los que llegaban eran los que esperaban.
_ ¡Dichosas mujeres! Rememorando sus encantos, perdimos la noción del tiempo. ¡Por poco pasan ésos de largo, dejándonos con un palmo de narices!
    El trote de los caballos se percibía claramente y pronto alcanzarían el pequeño monte.
_ Primo, llegó la hora.
_ Entonces que el Cristo de las Batallas nos proteja; era el que siempre invocaba D. Juan de Austria…
Salieron a la solitaria carretera y se apostaron uno a cada orilla.
    El coche, a todo galope, llegó hasta ellos. Entonces, los dos a una gritaron:
_ ¡Alto en nombre del Rey!
No se detuvieron, y los caballos, azuzados por el experto cochero, galoparon más deprisa todavía.
Volvieron a gritar la orden y los resultados fueron los mismos.
    Oswaldo y Frederick desenvainaron entonces las espadas, y se acercaron peligrosamente a la carroza. Los dos a la vez las levantaron en alto y el sol del ocaso , puso en ellas reflejos siniestros al refulgir en sus brillantes aceros…
    Pegaron sus monturas a las de la carroza y, de un certero golpe, cortaron las riendas.
    El cochero cayó de espaldas sobre el carruaje  y los caballos se detuvieron unos metros más allá.
    Con la más audaz decisión, se enfrentaron a los dos hombres que, puestos en pie en los estribos, les miraban, echando fuego por los ojos.
    La voz del conde Hernán, temblaba de cólera al gritarles:
_ ¡Esto es un asalto en toda regla!
_ Vosotros lo habéis querido. Os hemos mandado detener en nombre del Rey.
_ ¿Y desde cuando las tropas del Rey visten de esa forma?
_ Una salida muy original. Vosotros no obedecisteis la orden porque no habéis querido, que no tuvisteis tiempo de ver cómo íbamos vestidos.
_ No tenemos tiempo de discutir. ¿Qué queréis?
_ Registrar el coche.
_ ¿Registrar el coche? ¿Puede saberse por qué?
_ Basta con saber que es una orden y una orden que pensamos cumplir.
_ ¡Insolente! ¿Sabéis, acaso, con quién estáis tratando?
_ Sí. Con unos ciudadanos que desoyeron una orden del Rey.
_ No somos unos simples ciudadanos, somos los caballeros…
Un insignificante gesto del marqués de Tornellá cortó los nombres que Hernán de Aranda iba a pronunciar.
Alberto de Mendiazabal sonrió a los atacantes y les dijo, mordaz;
_ Pueden los señores espadachines registrar nuestro vehículo; pero de una cosa voy a advertirles.
_ Venga, pronto.
_ Pueden registrar, ya que pudiera ser que el Rey tuviera poderosas razones para vestir así a sus emisarios. Y la advertencia es ésta: No intentéis llevaros nada, pues vuestros intentos serían cortados de la misma forma que habéis hecho con las bridas de nuestros caballos.
    Con porte altivo descendieron del vehículo, mientras el cochero reparaba el corte que los atacantes hicieran.
    Las penetrantes miradas de los jóvenes escudriñaron sin encontrar nada de lo que esperaban hallar. Iban a darse por vencidos, cuando un gesto de triunfal alegría, que el rostro de Alberto reflejara, les hizo no desistir en su empeño.
    _ Mira. Frederick, estos asientos tienen doble fondo.
Se inclinaron uno a cada lado con intención de levantar el falso asiento, cuando los de fuera gritaron enfurecidos:
_ ¿Qué es lo que hacéis, voto al diablo?
_Registrar solamente registrar.
_ Os advierto que estamos perdiendo la paciencia.
Oswaldo sonrió fríamente al decir:
_ Aun es pronto caballeros.
Pisó con fuerza en lo que suponía un escondrijo de armas y las tablas saltaron, dejando al descubierto lo que tan afanosamente buscaran.
Al mismo tiempo, Hernán y Alberto, rugiendo de rabia, desenvainaron la espada y acometieron; pero las otras espadas respondieron prestamente al inesperado ataque.
    Pararon la embestida y se lanzaron fuera del coche, buscando defensa.
    Pronto se entabló la lucha. Las espadas se juntaban en siniestro entrechocar y el brillo del acero heló la sangre en las venas del cochero.
    Oswaldo y Frederick se defendían del enfurecido ataque sin gastar fuerzas, fieles a la norma de lucha que les caracterizaba y, tanto el conde como el marqués atacaban de firme, en la creencia de la superioridad de sus espadas.
    _ ¡Bandidos! Eso es lo que sois, unos malditos bandidos_ jadeó el conde.
Frederick no contestó, atento sólo a parar la acometida.
La espada de Alberto buscaba el pecho de Oswaldo, queriendo acortar la lucha; pero se dio cuenta que su contrincante, bandido, espadachín a sueldo o efectivamente soldado del Rey, era un temible enemigo.
    Rabioso al darse cuenta de ello, atacó con más furia, pero todos sus golpes eran detenidos, sin que se borrara la risa irónica en los labios del hombre al que empezaba a odiar.
_ ¿También usted cree que somos bandidos?
_ ¿Qué otra cosa, si no?
_ Poca imaginación tiene el caballero…
La sonrisa que Oswaldo empleara le enfureció más que las palabras.
_ La espada de este caballero va a fundirse en tu corazón, perro…
No terminó la frase…un alarido de dolor se escapó de sus labios.
_ Esa herida que le hice en el hombro, pude hacérsela en el brazo o en el propio corazón; pero me divierte luchar. Si acabara pronto con usted tendría que estar mirando como mi compañero ponía fuera de combate al otro caballero y eso no me divierte.
_ ¡Maldito!
Tampoco pudo terminar; otro rasguño laceró su carne.
_ No me gustan los insultos, caballerete. Por cada uno que me prodiguéis, mi espada dejará en vuestra carne una señal de mi disconformidad.
Alberto fue a replicar, pero se contuvo y atacó con todo el furor que le poseía. El entrechocar de las espadas se hizo más rápido y siniestro y la lucha más espectacular y encarnizada.
   El acero rasgaba el aire con siniestro silbido.
_ ¿Os cansáis, caballero? _ Oswaldo sonrió con cínica desenvoltura ante el jadeo del otro.
_ Nunca creí que se podía matar a una persona con el placer con que yo pienso mataros a vos.
_ Me gusta dialogar mientras lucho. ¿Queréis que os diga cómo terminará esto?
_ ¿Es que sabéis ya que os mandaré al infierno?
_ Temo que adivino el porvenir mejor que vos_ lanzó una rápida mirada a Frederick y después dijo, acentuando la sonrisa que enfureció al otro; _ Mi compañero juega con el vuestro, del mismo modo que yo voy a jugar con vos.
    Gotas de sudor perlaban la frente de Alberto y su rostro empezaba a congestionarse.
_ Os mataré antes.
_ ¿Y qué pensáis decir al Rey de nuestra muerte?_ Se burlaba.
_ La muerte de un bandido no interesa al Rey.
_ ¿Y las armas que conducís camufladas, creéis que le interesarán?
_ Eso es asunto nuestro.
    Los avances  y los retrocesos dejaban huellas en el polvo de la carretera. En uno de ellos, Alberto tropezó con el coche y su fornida espalda quedó allí clavada, creyendo llegada su última hora.
_ No debierais dejar a vuestros ojos que reflejaran el espanto. ¡No están de acuerdo con la fanfarronada valentía de que hacéis gala!
    El furor le dio nuevas energías y arremetió con rabia al burlón contrincante, aun sabiendo con certeza que podía matarle si quisiera.
    Ahora fue este el que pegó con su cuerpo en la portezuela, sintiendo el vacío a sus espaldas.
    Sentado, luchó en breve espacio de tiempo. Se defendía con brava comicidad que pudo costarle cara.
    Alberto, exasperado por el gesto, lanzó una certera estocada buscando el corazón del adversario pero el joven  la desvió con destreza y ésta fue a hundirse en el brazo.
    Se puso en pie rápidamente y, con la misma rapidez, salió por la otra puerta, mientras en sus negros ojos brillaba una decisión.
    La sangre corría por su brazo manchando de rojo el raso de la camisa y cayendo a lo largo de sus dedos. En la lucha arrastró al marqués hasta donde luchaban su primo y el conde.
   Frederick reía, socarrón las bravuras del hombre, que le admiraba a su pesar.
_ ¿Estás herido?..._ fue a llamarle por el nombre pero se contuvo, sabiendo que sería una gran imprudencia.
_ Si, es necesario acabar pronto.
_ ¿Grave?
_ No, pero pierdo sangre.
También en el traje del marqués, de negro terciopelo, se veían manchas de sangre y su demacrado rostro denotaba honda fatiga.
_ en guardia, pues. La lucha toca a su fin.
_ Vuestro amigo es tan engreído y jactancioso como vos.
_ Sabe lo que dice y vais a verlo.
    De una certera estocada, Frederick dejó fuera de combate al conde, al herirle en el brazo derecho y hacerle soltar la espada, que él recogió presto.
    A Oswaldo le costó más tiempo hacer la misma operación. Sus fuerzas se iban debilitando, ya que su herida era profunda, pero, al fin, un suspiro de alivio salió de su seca garganta cuando vio el gesto de dolor que hacía el marqués apretando el brazo y soltando la empuñadura de la espada.
    Frederick se hizo cargo de las armas. Tres de ellas tenían el brillo rojizo de las sangre en su afilada punta…
    Hernán y Alberto, derrotados, vieron cómo los dos jóvenes se apoderaban de las armas, y se alejaron de allí poniendo los caballos al galope.
    El sol se había ocultado por completo, dejando paso a una noche serena y apacible.


sábado, 6 de julio de 2013

" El secreto" segunda parte del capítulo IV

    Durante la merienda, se mostró ingenioso y cautivador; pero varias veces su mano derecha acarició los documentos que ocultaba en las profundidades de su esplendido “chaquet”.


* * * * *
_ ¿Quién llama Fernando?
_ Voy a ver, señor.
El fiel y leal criado, abrió una de las conventuales ventanas que daban a la estrecha y angosta calle toledana, y después de cerciorarse de quién era, volvió a cerrarla herméticamente.

_ ¿Quién es, Fernando? _ La voz del caballero denotaba impaciencia.
_ Un lacayo de “Las Mimosas”.

Los ojos del conde de Montoro brillaron intensamente.
_ Vendrá en busca de mi sobrino para indicarle la inmediata llegada de su señor.
_ Entonces…
_ Anda, Fernando, corre a abrirle.

El criado obedeció prestamente y, poco después recogía de manos del lacayo una perfumada nota de la condesa.

Blandiendo el sobre en el aire como un trofeo, entró en la habitación donde se hallaban el Conde Francisco, su sobrino Oswaldo y un joven pelirrojo.

Oswaldo la leyó, lanzando después ostentosas carcajadas, al decir:

_ Tenemos ya el ratón en la ratonera.
_ ¿Qué dice la nota de la condesa?
_ Que su señor esposo llega hoy alrededor de las nueve; así que no tenemos tiempo que perder, si queremos llegar a la venta de Pedro Rojas, antes de que su carroza pase por allí. ¿Estáis seguro tío, de la fidelidad de ese hombre?
_ Completamente, Pedro Rojas tiene un alma noble.
_ Además, señor conde, el oro compra cualquier alma.
_ No, Frederick, ; todo lo que el oro pueda comprar no nos ofrecería ninguna garantía. Es mucho lo que nos jugamos para exponernos a una traición. Rojas, es un fiel adicto a Felipe V y no nos traicionará; podemos estar seguros.
_ Oye; ¿Y que dirá la condesa, cuando vea que su invitado no llega presuroso para recibir a su bien amado esposo?
_ No sé como terminaremos hoy la jornada; pero la suerte ya parece estar con nosotros. La condesa me invita a almorzar mañana, ya que su esposo llega muy tarde.
_ Bravo, ya nos dirás mañana cómo cuenta la odisea de hoy el ilustre Hernán de Aranda.
_ Muchachos, estáis tan alegres como si en vez de ir a un lucha, fuerais a ir a una fiesta de la Corte; y os advierto que tanto Hernán como Alberto de Mendiazabal son unos grandes espadachines.
_ No importa tío; Frederick y yo tampoco lo hacemos mal; además tenemos la ventaja de nuestra juventud.
_ Pero ellos se defenderán con briosa locura.
_ No, no podrán pensar siquiera nuestra intención. La sorpresa les paralizará.
_ No creáis tal cosa. Son muy astutos, y la prueba la tenéis en mí. Pago sus culpas y, sin embargo, nadie sospechó de ellos, pero ahora… ahora…
_ Mucha calma, tío, y ninguna imprudencia hasta que nosotros lleguemos mañana.
_ Si llegamos, primo.
_ Calla,  Frederick, no seas pájaro de mal agüero. Llegaremos; nos va mucho en ello.
_ ¿No Podría ir yo también, mis señores?
_ No, Fernando. Tú haces más falta aquí, junto a mi tío.
_ Pueden necesitarme.
_ También correríamos el riesgo de que te reconocieran. Además sería luchar con ventaja, y a eso no está acostumbrada mi espada.
_ Venga, primo, no podemos perder el tiempo.
_ ¿Sería la Divina Providencia o sería Satanás, quien te trajo a estas tierras, Frederick?
_ Lo sabré, si mi espíritu baja hoy a las profundidades del reino de ese personaje.
_ ¿Hiciste méritos para ir a sus dominios?
_ Vivo en el mundo y no soy un santo.
_ Que no eres un santo lo demuestra bien claramente el qué estés aquí en España. Tu amistad con Linette te hace recorrer los más diversos lugares del planeta.
_ Creo que la voy a regalar un collar de esmeraldas que vio en la casa de un joyero madrileño. Si no hubiese sido por ella, yo no estaría aquí ahora. ¡Ah! Y tú tendrás que contribuir con tu donación a la compra de tan magnifico regalo.
 _ La causa bien lo merece_ afirmó Oswaldo, ante el gesto de Frederick_. ¡Y tu bellísima Linette, también!
_ ¿Qué tal marcha tu fortuna, Frederick?
_ Un poco menguadita, señor conde; pero quizá no le haga falta a mi corta vida mucho capital, ni mis progenitores tengan que darse prisa en buscarme una rica heredera. Son las tres de la tarde y a las siete puedo estar ya en el infierno.
_ Pesimista estás, chico. Tus bromitas empiezan a enfriar mi entusiasmo_ rió divertido; su risa feliz desmentía sus palabras, lo mismo que el brillo de sus ojos burlones.
_ Dichosa juventud que todo lo toma a broma.
_  ¿Está todo listo Fernando?
_ Creo que sí.
_ Vamos a verlo.
Se despidieron del conde, que los vio marchar emocionado. Pero tenía confianza y estaba bien seguro de que no cometerían locuras ni derramarían sangre innecesariamente, ya que a los dos les sobraba destreza y valentía para triunfar sin matar.
    Mientras Fernando y él pasaban la tarde hablando de los valientes muchachos, ellos llegaban a la venta del “Alma”.
    Ninguno de ellos denotaba el más pequeño temor cuando Pedro Rojas les condujo hasta una pequeña bodega, bajando por una trampilla que disimulaba una cuba de vino.

_ ¿Tienen los señores elegido ya el sitio?
_ Si.
_ ¿Puedo preguntar donde?
_ A unos kilómetros de aquí. El lugar es magnífico para una emboscada.
_ Todo sea por nuestro Rey.
_ Con franqueza, Pedro, creo que lo hago más por mi tío, que por vuestro Rey.
_ Pues tenía el señor que tener presente que nuestra serenísima y graciosa Majestad Felipe V es de origen francés, ya que es biznieto del Rey Luis XIV de Francia.
_ Ya lo sé, buen hombre, pero mi tío es de mi propia sangre.
_ Pero Felipe de Anjou…
_ Es el Rey, de acuerdo.

Oswaldo sonrió y, tanto su varonil y atractiva sonrisa como su gallarda figura, conquistaron al ventero.
Los dos jóvenes se despojaron de sus ropas y pusieron las vestimentas que Pedro les buscara.
    Cuando se miraron en un borroso espejo de grandes dimensiones, los dos a una lanzaron divertidas carcajadas.
_ Parece como si nos dirigiésemos a un baile de disfraces.
_ A un baile vamos, Frederick; y música también habrá. El alegre entrechocar de las espadas acompañará nuestros pases de avances y retrocesos.
    La luna del espejo reflejaba dos simpáticas figuras; vestían nuestros jóvenes calzón corto de terciopelo verde musgo y altas polainas negras. Blusa de brillante raso color blanco y manga larga muy fruncida, el cuello camisero dejaba el pecho al descubierto, y caía sobre una casaca roja bordada en tonos oscuros. El cabello lo ocultaron por completo bajo un gran sombrero del mismo tono del calzón, con grandes plumas negras.
     Los dos a una cogieron en su mano derecha los vistosos sombreros, mientras inclinando exageradamente la cintura, hicieron una dramatizada y versallesca reverencia a las figuras que se reflejaban en el gastado cristal.
_ Bien, el disfraz está completo; ahora marchemos en busca de la música.
_ Antes quítate esos anillos y déjalos aquí, con estos míos. Podrían constituir una prueba delatadora, en caso de que fracasemos y tengamos que huir.
_ ¿Fracasar?
_ Nunca se sabe las sorpresas que puede haber en una lucha.
_ Dices bien. ¿Vamos?
_ Vamos.

Dieron con los nudillos en la puerta falsa y el ventero, que estaba esperando la llamada, corrió la cuba dejando franca la salida.
_ Por aquí, caballeros, van a salir por donde tendrán que entrar cuando regresen. Así conocerán el camino, en caso de que alguno venga herido.
    Los condujo a través del primer piso, hasta un pajar; allí descolgó una escala de cuerdas, que descendió hasta la tierra y les dijo:
_ Si os halláis en condiciones de subir por ella hacedlo a toda prisa, caballeros; pero si así no fuera imitad el canto de la alondra por tres veces y aguardad mi llegada.
_ Eso es para ti, primo; yo sólo sabría imitar a las ranas.
_ Ahora, Pedro, ya puedes desearnos suerte.
_ La tendréis, estoy seguro.
_ Si así no fuera y no volviéramos ninguno de nosotros, en la bodega encontrarás una bolsa repleta de oro; es tuya.
_ Yo…no…
Pero sin oír ya las exclamaciones de Pedro, bajaron por la escalera y montaron sobre los caballos, que relinchaban alegres al sentirles sobre sus lomos.
Frederick, antes de desaparecer entre los oscuros árboles, levantó la mano en señal de despedida y sonrió malicioso al gritarle a Pedro:
_ ¡Has de comprar una nueva escalera, cualquier aventura galante puede terminar en tragedia, si el galán tiene que escapar por ella! Está ya muy vieja.


* * * * *