sábado, 13 de noviembre de 2010

Lo que el viento nos dejó /jota/

Nota del editor: Este artículo fue publicado originalmente en este blog el 13 de noviembre de 2010. Con motivo de la revisión general de este espacio en 2026, el texto ha sido adaptado para mejorar su lectura en pantallas digitales, manteniendo intactos el descubrimiento personal de la obra y tu profunda visión sobre la evolución de su protagonista.
Mañana será otro día
«Scarlett O’Hara no era bella en realidad, pero los hombres no solían darse cuenta de ello hasta después de quedar cautivos en su sutil hechizo…»
— Primera página de Lo que el viento se llevó.
Yo tenía 18 años cuando leí esta frase por primera vez. Recuerdo que era una calurosa tarde de verano y que no tenía nada para leer. Había estado limpiando la biblioteca de la casa donde yo trabajaba y se habían tirado a la basura varias revistas pasadas de moda, unas cuantas novelitas ajadas, papeles inservibles y un libro sin tapas de bastante volumen.
Hastiada como estaba, me puse a revisar aquellos "papeles". Allí fue donde descubrí mi afición por los documentos viejos (pero esa es otra historia). Me quedé con las novelitas y el libro sin tapa, y me puse a hojearlo. Era un ejemplar muy bonito del año 1936; me resultó curioso por la fecha y comencé su lectura. Tengo que decir que, hasta entonces, ni siquiera había tenido curiosidad de ver la película por la cual Scarlett es mundialmente conocida.
Me cautivó desde el primer momento aquella niña mimada que se ve involucrada en unas circunstancias para las que no estaba preparada por su educación. Tuvo que romper esquemas establecidos hasta entonces en su sociedad y convertirse en una superviviente de unos acontecimientos ante los cuales nadie la había prevenido. La película no le hace honor al personaje; al menos no para mí.
La protagonista no es frívola y caprichosa como nos hace creer el cine. Por el contrario, es una mujer valerosa que se ve enfrentada a sacar adelante a toda su familia sin ayuda de nadie y siendo criticada por toda la sociedad de su época.
Scarlett es una niña cuando estalla la guerra. A ella le gusta coquetear con todos los chicos de la comarca, ir a fiestas, ser pretendida, lucir bellos vestidos y comer pasteles: es igual que cualquier adolescente de cualquier época. Tiene dos hermanas menores que se portan como la sociedad exige, pero por las venas de Scarlett corre sangre irlandesa, sangre inconformista.
Ella cree durante gran parte de su vida estar enamorada de Ashley Wilkes, heredero de los Doce Robles. Pero este, a pesar de que está enamorado de ella, se casa con Melania Hamilton por seguir los cánones establecidos, una mujercita con gran corazón que le conviene a cualquier hombre. Mamita, un personaje entrañable que hace las veces de conciencia de Scarlett, le advierte de la situación, pero ella no le hace caso.
Cuando estalla la guerra, Scarlett, en un arrebato de celos, rabia e impotencia, se casa con Carlos, el hermano de Melania. Así se encuentra casada con un hombre al que apenas conoce, quedando embarazada de un niño al que no quiere. Para colmo, Carlos muere en el frente de unas fiebres y Scarlett ve cómo todo su mundo se derrumba: sus vestidos son teñidos de negro, le está vetado ir a fiestas, hablar con chicos, reírse y divertirse... no olvidemos que sigue siendo una niña.
Conoce a Rhett Butler y este queda enamorado de ella para siempre. Ella se enfrenta a la guerra y al hambre con total impotencia; entierra a su madre, su padre se vuelve loco, sus esclavos no saben qué hacer sin un patrón que los guíe y sus hermanas se enferman. No hay comida, no hay futuro.
Cuando, exhausta, sube la colina de los Doce Robles y ve que la casa donde siempre soñó con una vida al lado de Ashley está destruida, se tira al suelo detrás del huerto, sabiendo que podría encontrar alguna raíz comestible. Lo único que encuentra son unos rábanos; se los come tan deprisa y pican tanto que, sin poderlo evitar, comienza a vomitar. Es ahí cuando pronuncia su mítica declaración:
«¡A Dios pongo por testigo de que no podrán derribarme! Sobreviviré, y cuando todo haya pasado, nunca volveré a pasar hambre, ni yo ni ninguno de los míos. Aunque tenga que mentir, robar, mendigar o matar, ¡a Dios pongo por testigo de que jamás volveré a pasar hambre!»
Y lo lleva a cabo. Nunca volverá a pasar hambre. Hará todo lo posible por tener fortuna y comida que llevarse a la boca para ella y para los suyos. Cuida de todos sin haber sido educada para esa situación.
Por problemas con el impago de impuestos se vuelve a casar, esta vez con Frank Kennedy, el novio de su hermana, bastante mayor que ella y del que tiene una hija a la que tampoco quiere; pero, a pesar de ello, siempre procura que a sus hijos no les falte de nada. Con el tiempo y por temas políticos, Frank es asesinado, siendo Rhett Butler su tercer marido y el padre de su hija Bonnie.
Ahora Scarlett es feliz, se siente cómoda y tiene todo lo que había deseado. Rhett sabe que Scarlett no le ama, pero se siente dichoso con su hija, dándole todos los caprichos. Un fatídico día, Bonnie muere en un accidente con un poni. Desde entonces Rhett cambia: ya no es el cínico enamorado de Scarlett. El fantasma del amor que sabe que ella siente por Ashley le lleva a cometer una y mil locuras que hacen que los dos se separen cada día más. Scarlett solo encuentra refugio en Tara, su finca amada de tierra roja.
Al final, Melania también muere y es entonces cuando los sentimientos se esclarecen para Scarlett. Ve en aquel momento que Melania ha sido una amiga y una hermana para ella, la única que la ha querido tal como era, sin juzgarla nunca. Se da cuenta de que el amor que siente por Ashley es simplemente un amor filial, como el que se puede sentir por un hermano o un primo. Y la verdadera revelación es que siempre ha estado enamorada de su marido, de Rhett Butler.
El final de la novela lo sabe todo el mundo. Ella le cuenta a Rhett sus sentimientos y él le dice la famosa frase: «Francamente, querida, me importa un bledo» («Frankly, my dear, I don't give a damn»). De cómo pudo terminar la historia se nos ofreció una versión tiempo después de la mano de la escritora Alexandra Ripley. Pero lo cierto es que Margaret Mitchell dejó un final adecuado para una novela inmortal y conocida mundialmente.

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