El veinte de mayo de este año comencé una andadura que había encontrado en el blog “Una vida de novela”, donde se nos planteaba un interesante desafío: la lectura de diez novelas de misterio desde el diez de mayo hasta el diez de diciembre. Yo me apunté enseguida. La novela de misterio es mi favorita y he tratado de plantear escritos de muchas épocas y de distintos autores, con géneros totalmente diferentes pero con un punto en común: ese misterio o asesinato que nos lleva a enfrascarnos en una trama y no nos deja hasta que, en las últimas páginas, logramos desenmascarar a quien nos ha llevado de cabeza durante trescientas o más páginas.
Este es mi último desafío por este año, pues no sé si, en principio, Natalia y Maga, que son las administradoras del blog que he citado, me han contado como “desafiante”. Yo, por mi parte, lo he hecho con mucho gusto y lo he pasado tan bien que creo que todos los años haré este tipo de desafíos u otros parecidos, pues me parecen muy interesantes. Lamento los posibles fallos que haya podido tener y espero que todas y cada una de las obras propuestas hayan sido del agrado de la mayoría; solo decir que todas forman parte de mi biblioteca personal y de mis lecturas favoritas. Así que no podía por menos que terminar este desafío con una novela de “fantasmas”: hablo de Otra vuelta de tuerca, de Henry James.
Henry James nació en Nueva York —aunque muchas personas están en la creencia de que es un escritor inglés— el 15 de abril de 1843 y murió en Londres el 28 de febrero de 1916. Es conocido por sus novelas y relatos basados en la técnica del punto de vista, que le permite un análisis psicológico de los personajes desde su interior. Como escritor, está considerado una de las grandes figuras de la literatura americana (aunque al final de su vida se naturalizó inglés). El sentimiento de ser estadounidense en Europa es un tema recurrente en sus obras; frecuentemente, sus relatos se basan en la yuxtaposición de personajes artísticos, corruptos y seductores, con otros de múltiples matices como la sinceridad, la naturalidad y la franqueza.
Este contraste entre la inocencia y la experiencia corruptora se muestra en obras como Roderick Hudson o El americano. Su estilo está marcado por oraciones largas y pasajes muy descriptivos que posponen el verbo por un espacio mayor de lo normal; la prosa resultante es a veces tan barroca que una amiga y discípula, Edith Wharton —quien, dicho sea de paso, lo admiraba mucho—, admitió que había algunos pasajes en sus obras que eran incomprensibles.
Pero hablemos de la obra que nos ocupa. La trama comienza cuando una institutriz acude al cuidado de dos niños en una vetusta mansión victoriana. Lo que en principio parece un cometido agradable derivará en una situación de pesadilla. Los niños viven impactados por un pasado inmediato en el que la anterior institutriz, Miss Jessel, y Peter Quint, criado y ayudante de cámara, mantenían una turbia relación. La novela continuamente nos presupone ciertos abusos con los niños, y que tras la posterior muerte de Miss Jessel ha dejado en ellos una huella imborrable. La novela se desarrolla en un ambiente de latente angustia. La nueva institutriz, al tratar de ayudar a sus pupilos, comienza a percibir las apariciones de los fantasmas de la anterior preceptora, muerta como hemos dicho en extrañas circunstancias, y del criado, que no sabemos a ciencia cierta si está muerto o solo se aparece para dar una “vuelta de tuerca” más a la historia.
La novela nos relata el impacto psicológico sobre la joven institutriz (de la que no sabemos el nombre en ningún momento del relato). Soltera y reprimida, se tropieza de repente con la historia de una aventura amorosa pasada, complicada por el hecho de que los amantes están muertos. La obsesión de la joven con el tío de los niños a los que ha de educar, así como la sugerencia de que los pequeños han estado expuestos a algún tipo de conducta inapropiada por parte de los amantes fallecidos, hacen dudar al lector de la veracidad de la interpretación que la institutriz hace de los eventos, poniendo en duda hasta la propia existencia de los fantasmas.
El aspecto que distingue a Otra vuelta de tuerca y la convierte en la historia de fantasmas que marca un antes y un después en dicho género es la posibilidad de una doble lectura. La forma ambivalente en que está ideada y escrita puede ser interpretada de, por lo menos, dos formas diferentes. Llegados a este punto: los fantasmas ¿existen, se manifiestan, existen dentro o fuera de la cabeza de la institutriz, o no existen? La respuesta sería afirmativa y negativa a la vez. En cierto modo, la capacidad interminable de Otra vuelta de tuerca hace posible interpretar, reinterpretar y acomodar todo de acuerdo a cada forma de ver.
El misterio en la pantalla: De Mallorca al espacio exterior
Como no podía ser de otra manera, esta magistral ambivalencia ha convertido a la obra en un caramelo para el cine y la televisión bajo nuestra etiqueta de Mitos del cine. Entre sus muchas adaptaciones, hay una que recuerdo con especial magnetismo: se trata de El celo (1999), una joya gótica dirigida por Antoni Aloy y rodada en una imponente mansión de Mallorca, con el mar al fondo custodiando el misterio. Ver a mitos de la pantalla como Lauren Bacall y Harvey Keitel en este ambiente asfixiante es una delicia. El trágico final, donde el niño muere en brazos de la institutriz tras intentar decirle algo mientras una sombra se desvanece en la nada, plasma a la perfección la angustia que James escribió en el papel.
Pero el impacto de esta novela es tan inmortal que ha roto las barreras del tiempo... ¡y del espacio! Los más seriéfilos habrán esbozado una sonrisa al ver a la capitana Kathryn Janeway en Star Trek: Voyager (serie que concluyó hace apenas una década, en 2001). En sus ratos libres en la holocubierta, la capitana solía iniciar el programa de simulación Janeway Lambda-one, donde se disfrazaba de institutriz decimonónica en una tétrica mansión victoriana para evadirse de las tensiones de la nave. Una prueba absoluta de que los fantasmas de Henry James seguirán fascinándonos incluso en el siglo XXIV.
“Hay tres cosas importantes en la vida: la primera, ser amable; la segunda, serlo siempre; y la tercera, nunca dejar de serlo.”— Henry James




