Nota de edición: Este cuento lo escribí allá por los 90, en un taller de literatura; quedó finalista para la edición anual de aquel año. Mi afición a escribir cuentos se formó a raíz de que mis tres hijas me pedían todas las noches un cuento nuevo, así que comencé a escribir cuentos para ellas. La mayoría están con la etiqueta de "Cuentos Azules", porque siempre tienen algún elemento de ese color.
Como cada mañana, el abuelo fantasma se disponía a acostar a sus nietos.
—Cuéntanos un cuento —le pidió Anira, la mayor de los tres.
El abuelo alisó con cuidado su sábana. Iba a comenzar una de sus historias de juventud, cuando Eumán, el segundo nieto, le suplicó:
—¡Un cuento de humanos, por favor!
—¡Sí! —aprobó Anira—. Me encantan las historias de miedo.
Tru, el fantasma menor, se limitó a taparse la cabeza con su sábana pijama a rayas azules y blancas.
—No sé... —dudaba el abuelo—. A vuestra madre no le gusta que os cuente esas cosas, porque después sufrís pesadillas.
Tanto insistieron los fantasmitas que, al final, el abuelo tuvo que ceder.
—Bueno... os contaré cómo son los humanos. Ya os lo he dicho otras veces. Los hay de todos los tamaños y formas, pero todos son horriblemente feos.
Tru asomó la nariz; aunque estaba asustado, no quería que sus hermanos lo notaran.
—Y... ¿y son peligrosos, abuelo? —preguntó con hilo de voz.
—Claro que sí. Siempre se aparecen de día y descansan de noche. Van por ahí haciendo el bruto. Vestidos con unos trajes de metal que llaman armaduras... ¡y bien duras! Con lo cómodos que irían si se vistiesen con sábanas...
Sonaron unas risillas de Anira y Eumán.
—Qué anticuado estás, abuelo —dijo Eumán—. Eso ocurría en tu época, que se llamaba Edad Media; los humanos ya no se visten así.
—Qué va —aseguró su hermana—, ahora se llevan las sábanas de colores pegadas al cuerpo. Me lo ha dicho mamá.
El abuelo fantasma carraspeó un poco.
—Tal vez, tal vez —reconoció—, no puedo saberlo porque no me alejo de casa desde hace varios siglos. No están los tiempos para andar por ahí con tanto hombre suelto. Mi amigo sir Alfred, el fantasma escocés, me ha dicho que se cuentan por millares. Figuraos que una docena de ellos se han instalado, por las buenas, en el castillo de su familia. Han montado una especie de fonda de lujo que atrae a gente de todos los confines. ¡Una fonda en el castillo de mi amigo! El pobre está pensando en mudarse a otra residencia.
—Pues que no se marche —dijo Anira—. ¡Que asuste a esos frescos y los eche de su casa!
Entonces fue el abuelo quien rió.
—¡Asustar a los humanos! Esos ya no se asustan de nada, y menos de los fantasmas. La culpa la tuvo, entre otros, un escritor inglés llamado Oscar no sé cuántos... Aquel tipo escribió un libro nefasto y calumnioso donde aparecían unos espectros medio tontos. A partir de entonces les habían ido perdiendo el miedo. Solo faltaba que les perdieran el respeto. Nuestra reputación por los suelos —se lamentó el viejo—. A sir Alfred intentaron meterlo en una máquina de lavar ropa, confundiendo su sábana de cuadros escoceses con un vulgar mantel. Y en otra ocasión se sonaron las narizotas en su sábana blanca de dormir. Del disgusto estuvo en un tris de morir por segunda vez. [1]
Los nietos ponían cara de asombro. ¡Sonarse la nariz en sir Alfred, un fantasma de la más noble alcurnia! Les parecía increíble que hubiera seres tan desvergonzados.
—Son capaces de todo —continuó el abuelo—. Con decir que no se ríen casi nunca, les gusta chillar y darse de mamporros... Y encima no se asustan de sí mismos, sino de un montón de tonterías: de las sombras en la pared, de los insectos... Gracias a eso los mantenemos a raya. De vez en cuando me pongo cadenas en los pies y salgo a vagar por el jardín lanzando gritos. No sabéis cuánto me aburro solo, muerto de frío y con este reuma.
—Cuando yo cumpla cien años te acompañaré —le prometió Eumán—. Mamá todavía no me deja salir de casa.
Mamá fantasma entraba en aquel momento. Había oído el final de la charla y parecía disgustada.
—¡No te enfades conmigo! —exclamó el abuelo—. No les he contado nada de miedo. Hablábamos de sir Alfred y de los invasores de su castillo.
Entonces mamá explicó a los pequeños que no todos los humanos se portaban mal. Algunos tenían buen corazón, reían e incluso cantaban bien. Por las noches, ella se quitaba la sábana y se lanzaba al aire para flotar sobre las ondas musicales fabricadas por los humanos. Era su diversión favorita.
—Cuando seáis mayores os llevaré, veréis qué bonito. Y ahora a dormir, que ya es muy temprano.
Al salir ella y el abuelo, Eumán dijo:
—¿Sabéis lo que pienso de los humanos? Pues que no existen. A lo mejor existieron hace muchísimo tiempo, pero han debido de extinguirse. Son una leyenda para asustar a los fantasmas niños.
—Quizá —contestó su hermana—. A los mayores les encanta inventarse historias, como las batallas medievales del abuelo. ¡Batallas! ¡Menuda fantasía!
Entre tanto, Tru temblaba bajo su sábana. Había tomado una decisión: cuando el abuelo contara otro cuento de miedo, él se taparía las orejas. ¡Por más que se burlaran de él, se las taparía!
Jota-Cuento elaborado para el taller de literatura elegido finalista para la edición anual.
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