Nota de archivo: Este texto fue escrito en los primeros años de vida de este blog, cuando rememoraba mis travesuras infantiles con los libros. Lo rescato hoy con una sonrisa, recordando que el amor por la lectura a veces se fragua a base de sustos y regañinas.
En nuestros días es difícil suponer que a alguien le regañen o castiguen por estar leyendo por los rincones. En mis tiempos también era extraño, pero a mí me pasaba. Si mi madre me mandaba hacer alguna tarea doméstica, yo siempre tenía un cuento o una novelita escondida para terminar de leerla. Castigos y broncas por ese motivo me he llevado unas cuantas en mi vida. Pero supongo que las historias eran para mí lo que ahora los videojuegos: no puedes parar de jugar hasta pasar al siguiente nivel, y al siguiente, y al siguiente. Para mí, pasar de un capítulo a otro era el nivel que tenía que alcanzar para saber si el patito se convertía en cisne, si el gigante dejaba jugar a los niños en su jardín, si el emperador se daba cuenta de que andaba desnudo por el palacio, o si Rapunzel, tras bajar de la alta torre, se dejaba el pelo corto por siempre jamás.
Los mayores culpables fueron los Hermanos Grimm; ellos eran especialistas en buenos comienzos y tramas increíbles. También Andersen tuvo su parte de culpa y, con el tiempo, Disney rompió todos los esquemas de los cuentos con canciones ñoñas y finales edulcorados.
Pero aquellos cuentos no tenían finales felices ni, en ocasiones, principio. En la mayoría de ellos se habla de personajes aterradores: gnomos, brujas, demonios, ondinas, animales parlanchines, objetos malditos... Bien mirado, aquellos relatos infantiles daban más miedo que las novelas de Stephen King —de quien hablaré más tarde—. Por ahora, me quedo con los cuentos tradicionales.
Niños forzados a trabajar a muy temprana edad o abandonados en los montes, princesas obligadas a casarse sin amor o encerradas en torres de por vida, pequeñas internándose solas en los bosques con el temor constante de lobos y leñadores (que, pensándolo bien, seguramente eran peores estos últimos). La verdad es que aquellos cuentos, vulgarmente hablando, «acojonaban» bastante. Pero para una mente tan voraz como la mía eran el maná en el desierto; cada personaje nuevo que llegaba a mi vida se convertía en un amigo, un aliado, alguien con quien pasar un rato divertido y ameno, aunque fuese tejiendo seis camisas de ortigas para seis príncipes convertidos en cisnes.
Aquellos primeros amigos siempre me acompañaron y, ahora, pasados los años, sigo manteniendo la ilusión de tenerlos conmigo.

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Un verdadero amigo es alguien capaz de tocar tu corazón desde el otro lado del mundo.