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miércoles, 2 de septiembre de 2026

El volcán silencioso: Emily Dickinson y la inmensidad de lo invisible

Hace apenas unos días hice una entrada a propósito de la “Poesía rescatada”, aquella poesía que se encuentra en el olvido y aquellos autores que no se recuerdan. Pero hoy, por el contrario, dedico este espacio a una poesía que estuvo completamente oculta hasta la muerte de su autora. Voy a hablar de Emily Elizabeth Dickinson.
Fotografía antigua de época en blanco y negro de la poeta Emily Dickinson a los treinta años. Aparece sentada de frente, vistiendo un traje oscuro con cuello de encaje claro, con un codo apoyado sobre una superficie y sosteniendo un pequeño ramo de flores entre sus manos mientras mira fijamente a la cámara.
 Retrato histórico de Emily Dickinson hacia 1859, donde se aprecia la mirada serena y la firme actitud de una mujer madura y decidida.

En mi flor me he escondido...
En mi flor me he escondido
para que, si en el pecho me llevases,
sin sospecharlo tú también allí estuviera...
Y sabrán lo demás sólo los ángeles.
En mi flor me he escondido
para que, al deslizarme de tu vaso,
tú, sin saberlo, sientas
casi la soledad que te he dejado

Portada del libro El viento comenzó a mecer la hierba de Emily Dickinson editado por Nórdica Libros, con una ilustración artística que destaca por sus tonos suaves y trazos poéticos que evocan el movimiento de la naturaleza y la hierba mecidapor el viento.
Portada del libro El viento comenzó a mecer la hierba, la antología ilustrada de Emily Dickinson publicada por Nórdica Libros.


Nacida en Amherst (Massachusetts) el 10 de diciembre de 1830,fue una poetisa estadounidense cuya obra apasionada la ha colocado en el reducido grupo de poetas fundacionales de los Estados Unidos; hoy comparte gloria con Edgar Allan Poe, Ralph Waldo Emerson y Walt Whitman. Emily pasó gran parte de su vida recluida en su propia habitación, en la casa paterna en Amherst. Excepto por cinco de sus poemas —tres de ellos publicados sin su firma y otro sin su consentimiento—, su inmensa obra permaneció inédita y oculta hasta después de su fallecimiento.
Emily provenía de una destacada familia de Nueva Inglaterra. Sus antepasados habían llegado a Estados Unidos en la primera oleada migratoria puritana, y la estricta religión protestante que profesaban influyó mucho en la obra de la artista.
En mi jardín avanza un pájaro...
En mi jardín avanza un pájaro
sobre una rueda con rayos —
de música persistente
como un molino vagabundo —
jamás se demora
sobre la rosa madura —
prueba sin posarse
elogia al partir,
cuando probó todos los sabores —
su cabriolé mágico
va a remolinear en lontananzas —
entonces me acerco a mi perro,
y los dos nos preguntamos
si nuestra visión fue real —
o si habríamos soñado el jardín
y esas curiosidades —
Fue su hermana menor, Lavinia, quien descubrió las obras de Emily tras la muerte de esta, convirtiéndose en la primera investigadora y editora de su poesía. Emily nació en tiempos anteriores a la Guerra de Secesión, cuando fuertes corrientes ideológicas y políticas chocaban en la sociedad de clase media-alta estadounidense. En aquella época, incluso los hogares más acomodados carecían de algo tan esencial para nosotros en la actualidad como el agua caliente y los baños dentro de la casa. Las tareas hogareñas representaban una carga enorme para las mujeres de entonces; aunque, por su buena posición económica, la familia Dickinson disponía de una sirvienta irlandesa. Emily se preocupó sobre todo por obtener una buena educación, lo que suponía un caso raro en la sociedad rural de su época.
Portada del libro Cartas poéticas e íntimas de Emily Dickinson editado por Grijalbo. Muestra el diseño clásico y elegante de la colección El espejo de tinta, con tipografía sobria sobre una cubierta de tapa blanda con solapas característica de los años noventa.
Portada de la joya descatalogada Cartas poéticas e íntimas (1859-1886), publicada por Grijalbo en su recordada colección El espejo de tinta en 1996.
La severa religiosidad puritana se hacía presente en todas partes y, prácticamente, la única expresión artística aceptada era la música del coro de la iglesia. La iglesia protestante de 1830 consideraba las novelas como “literatura disipada”; los juegos de naipes y la danza no estaban permitidos; no había conciertos de música ni teatro. La Pascua y la Navidad no se celebraron hasta 1864, tras el establecimiento de la primera Iglesia Episcopal que introdujo estas costumbres, y no se toleraban otras reuniones de mujeres solas que el cotidiano té entre vecinas.
Para Emily, su hermana Lavinia fue su compañera y amiga hasta el fin de su vida. Las pocas confidencias íntimas que se conocen de la poeta provienen de ella. Lavinia fue una mujer brillante e inteligente que sentía una profunda adoración por su hermana y por su talento para los versos. Sin embargo, respetó hasta la muerte de Emily su decisión de mantener ocultas todas sus obras y protegió su vida privada hasta donde le fue dado hacerlo, creando y manteniendo el ambiente de calma, aislamiento y soledad que Emily necesitaba para dar forma a su gran producción. La fe de Lavinia en la importancia de la obra de su hermana la ha protegido para la posteridad, haciendo posible su primera publicación póstuma. Ella fue la responsable de hacer comprender al mundo que la poetisa más memorable de los Estados Unidos había vivido y muerto en el anonimato.
No era la Muerte, pues yo estaba de pie...
No era la Muerte, pues yo estaba de pie
Y todos los muertos están acostados,
No era de noche, pues todas las campanas
Agitaban sus badajos a mediodía.
No había helada, pues en mi piel
Sentí sirocos reptar,
Ni había fuego, pues mis pies de mármol
Podían helar un santuario.
Y, sin embargo, se parecían a todas
Las figuras que yo había visto
Ordenadas para un entierro
Que rememoraba como el mío.
Como si mi vida fuera recortada
Y calzada en un marco
Y no pudiera respirar sin una llave
Y era como si fuera medianoche
Cuando todo lo que late se detiene
Y el espacio mira a su alrededor
La espeluznante helada, primer otoño que llora,
Repele la apaleada tierra.
Pero todo como el caos,
Interminable, insolente,
Sin esperanza, sin mástil
Ni siquiera un informe de la tierra
Para justificar la desesperación.
Escultura de Bronce en homenaje a Emily Dickinson por la escultora, Jane DeDecker, Universidad de Converse, Carolina del Sur, Estados Unidos

La vida privada de la escritora ha permanecido siempre velada al público, pero solo hace falta echar una mirada a sus poemas para descubrir en ellos una conexión, un entusiasmo y una energía extraordinarios. La mayor parte de su obra se ocupa de su amor hacia un hombre cuyo nombre jamás es mencionado y con quien no podía casarse.
Su vida emocional ha sido y sigue siendo objeto de habladurías que se espera que, con el paso de los años, sean reveladas por los investigadores y estudiosos. Aunque, en palabras de la propia autora: “Mi vida ha sido demasiado sencilla y austera como para molestar a nadie”. Las teorías (populares o académicas) pueden dividirse en dos grupos: el amor con un joven a quien el padre de la escritora le prohibió seguir viendo, o la relación con un pastor protestante casado que huyó a una ciudad distante a fin de no sucumbir a la tentación. Ambas hipótesis, aún sin poder comprobarse, tienen un pequeño trasfondo de verdad histórica.
En los últimos quince años de su vida, nadie en Amherst volvió a verla, excepto algún paseante ocasional que vislumbrara su figura vestida de blanco paseando por el jardín de los Dickinson en los atardeceres de verano. A veces se escondía en el vano de la escalera de la casa de su padre, entre las sombras, y sorprendía a los asistentes a una cena o reunión (no me extrañaría que las numerosas leyendas que hay en Estados Unidos sobre la "dama de blanco" tuviesen su origen en la actitud de Emily). Pasó los últimos años de su vida sin salir de su habitación, postrada por el mal de Bright, la misma nefritis que acabó con Mozart. A principios de 1886 escribió su última carta: “Me llaman”.
La sortija
En mi dedo tenía una sortija.
La brisa entre los árboles erraba.
El día estaba azul, cálido y bello.
Y me dormí sobre la yerba fina.
Al despertar miré sobresaltada
mi mano pura entre la tarde clara.
La sortija entre mi dedo ya no estaba.
Cuanto poseo ahora en este mundo
es un recuerdo de color dorado.

Cartel Ilustrado Representativo The Emily Dickinson Museun, por Ksenia Topaz, Amitherts Massachusetts.

Emily Dickinson pasó de la inconsciencia a la muerte el 15 de mayo de 1886. Como dije antes, poco después de su fallecimiento, su hermana Lavinia descubrió ocultos en su habitación 40 volúmenes encuadernados a mano que contenían la parte sustancial de su obra: más de 800 poemas nunca publicados ni vistos por nadie. El resto de su producción la constituyen las poesías que insertaba en sus cartas, la mayoría de las cuales pertenecen a los descendientes de sus destinatarios y no se hallan a disposición del público.
"Si tengo la sensación física de que me levantan la tapa de los sesos, sé que eso es poesía".
— Emily Dickinson
                          

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