Nota de archivo: Este texto fue escrito en los primeros meses de vida de este blog, un 26 de diciembre de 2010. cuando rememoraba mis travesuras infantiles con los libros. Lo rescato hoy con una sonrisa, recordando que el amor por la lectura a veces se fragua en los momentos más insospechados.
Ni qué decir tiene que la época más bonita del año siempre ha sido una de las más prolíficas a la hora de escribir cuentos para niños o transformar leyendas en esas entrañables historias. En invierno, al calor del hogar, mientras las madres remendaban, cosían o bordaban, los padres, pipa en mano, eran los que solían contar cuentos a los más pequeños. También existía la bonita costumbre de reunirse para efectuar labores conjuntas mientras una de las asistentes leía en voz alta para las demás.
Estas estampas clásicas las podemos encontrar en Lo que el viento se llevó, en Orgullo y prejuicio, en Emma (y en general en todas las novelas de Jane Austen), por supuesto en Mujercitas y hasta en la pequeña Heidi. Mujeres hacendosas haciendo sus labores mientras una de ellas (en general, la que mejor interpretaba los escritos) era la encargada de leer bellos cuentos e historias al resto. Una preciosa costumbre lamentablemente perdida.
A pesar de todo, en Navidad se siguen regalando cuentos, libros e historias navideñas. Una de esas historias, quizás la más llevada al cine (pues multitud de películas están inspiradas en ella), es Canción de Navidad o Un cuento de Navidad (título original en inglés: A Christmas Carol), novela escrita por el británico Charles Dickens en 1843. En ella se habla de cómo una persona insociable puede cambiar por completo su actitud durante estas fechas.
Ebenezer Scrooge es un personaje avaro y tacaño que no celebra ninguna fiesta, y mucho menos la Navidad. Dedica su vida solitaria a trabajar con el único fin de acumular más dinero; no le importa nada la vida de las personas a su alrededor, solo le interesan los negocios.
Ocurre que, en la víspera de Navidad, Scrooge recibe la visita del fantasma de su antiguo socio Jacob Marley, fallecido siete años antes. El espectro le confiesa que, por su avaricia en vida, ahora está condenado a arrastrar una larga y pesada cadena durante toda la eternidad. Además, le advierte a Scrooge que le pasará lo mismo e incluso que su propia cadena será aún más larga y pesada. Marley le anuncia la llegada de tres espíritus de la Navidad para darle una última oportunidad, a lo que Scrooge, desafiante, exclama: "¡Paparruchas!".
Cuando la campana da la una, aparece el primer espíritu, el de los inviernos pasados, que lleva a Scrooge a su infancia solitaria y a su juventud llena de melancolía, marcada por la añoranza de un amor perdido y el comienzo de su adicción al trabajo por un afán desmedido de acumular riqueza.
El espíritu de la Navidad presente le hace ver al avaro la actual situación de la familia de su empleado, Bob Cratchit, quienes a pesar de su pobreza y de la enfermedad de su hijo Tim, celebran la Navidad con alegría. Igualmente, lo traslada hasta la casa de su sobrino Fred, el cual, a pesar de los constantes desaires de su tío, siempre lo invita a comer con él y su esposa el día de Navidad.
El espíritu de las navidades futuras, mudo y de carácter tétrico, le muestra lo más desgarrador de su destino: su casa saqueada por ladrones debido a su soledad, el frío recuerdo de sus colegas en la Bolsa de Valores, la triste muerte del pequeño Tim Cratchit y, lo más espantoso, su propia tumba abandonada. Ante ella, Scrooge se horroriza e intenta convencer al espíritu de que está dispuesto a cambiar si logra invertir su trágico final.
La pesadilla termina y Scrooge despierta siendo un hombre completamente nuevo, generoso y amable. De inmediato, hace que un jovenzuelo le compre el pavo más grande de la tienda y lo envía de incógnito a casa de Bob. Luego, sale a la calle para saludar a todos sus convecinos con una sonrisa y desearles una feliz Navidad. También se presenta en la casa de su sobrino para festejar con él, causando un gran asombro entre todos los invitados.
Finalmente, le aumenta el sueldo a Cratchit y ayuda a su familia, costeando de forma directa el tratamiento médico para la enfermedad del pequeño Tiny Tim. Esto devuelve la felicidad al hogar y populariza para siempre la famosa frase del niño:
"¡Y que Dios nos bendiga a todos!".
C

Maravilloso mundo el de las historias, lo único que necesitamos para disfrutarlo es nuestra imaginación. Gracias por ésta entrada de los cuentos de Navidad, me remonté a la infancia, momentos en los que no estamos prejuiciados y con nuestra imaginación limpia podemos disfrutar de éste maravilloso mundo al máximo. Que Dios nos bendiga a todos. Muchos besos y abrazos!
ResponderEliminaruuu pero me gusta
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