jueves, 24 de marzo de 2011

De la Literatura al cine, en color Violeta.

Nota de edición: Escribí este texto con el corazón encogido al día siguiente de la muerte de Liz Taylor, una estrella de ojos violetas que jamás dejará de brillar en la pantalla ni en mis recuerdos. Hoy, al volver a releerlo y editarlo en este 2026, me doy cuenta de que mi fascinación por ella y por las letras sigue intacta.

Siempre me digo la famosa frase de Charles Dickens de que la vida está llena de encuentros y despedidas. Lamentablemente, algunas despedidas nos producen más dolor que otras. Y entre estas —las dolorosas—, esta semana nos hemos tenido que despedir de una de nuestras musas, Elizabeth Taylor, trabajadora incansable y amiga de sus amigos hasta el último de sus alientos. No tengo por menos de acordarme de algunas de sus interpretaciones, que pasaron de la literatura al cine, donde ella les dio vida; personajes que un día fueron tan solo de tinta y papel.
Muchas veces el amor por las letras va ligado al amor por los filmes, y algunos se complementan y otros nos horrorizan. Las adaptaciones cinematográficas las hay para todos los gustos, y, en ocasiones, preferimos una buena película a un mal libro, y viceversa. Personalmente, siempre que me gusta un personaje prefiero imaginármelo a mi manera, aunque, en ocasiones, la interpretación de un actor o actriz hace que te olvides de aquello que tu imaginación inventó.
En 1944, una jovencísima Elizabeth formó parte del elenco de actores que rodaron la película Jane Eyre, basada en el libro de Charlotte Brontë. Desde 1918 hasta 2011 ha sido adaptada once veces para el cine y la TV, pero las imágenes de Elizabeth siempre perdurarán en mi memoria. Pues gracias a esa película, con la edad me convencí a mí misma de leer tan maravillosa historia.
En 1949, Elizabeth dio vida a uno de los personajes más odiados de la novela de Louisa May Alcott, Mujercitas. Amy, caprichosa e insolente, inconformista con la situación económica de su familia, su afán de ser rica y, sobre todo, la quema de los cuentos de su hermana Jo en venganza por el capricho de no asistir a un baile, hacen de ella una magnífica arpía en la que Elizabeth hace el papel a la perfección (que se reforme de mayor y se case con Laurie no la hacen mejor a mis ojos).
Otra gran historia, esta vez de la pluma de Sir Walter Scott, Ivanhoe, en 1952. Nuestra amiga dio vida a un magnífico personaje de la novela: Rebeca, la judía enamorada de Ivanhoe, con la que por motivos obvios de la época no se puede casar. El personaje me fascina, un amor sin pedir nada a cambio, un dolor intenso tan solo por pertenecer a una religión distinta y a un distinto estatus social.
Puede que cuando el dramaturgo Tennessee Williams escribiese su obra de teatro La gata sobre el tejado de cinc caliente, no pensase jamás en la repercusión que tendría en el mundo cuando fue llevada al cine en 1958. Paul Newman y Elizabeth Taylor como principales protagonistas, y un personaje, Maggie, que se encuentra atrapado en una trampa mortal entre el odio de sus parientes, la desgana de su esposo y el amor que esta le profesa.
Otro dramaturgo, esta vez Edward Albee con su obra ¿Quién teme a Virginia Woolf?, le dio la oportunidad a una ya madura Elizabeth de interpretar uno de los mejores papeles de su carrera: Martha, una mujer frustrada y dominante que, junto con su marido George (Richard Burton), alcohólico, se odian a muerte, pero cada uno conoce perfectamente los puntos débiles del otro. Excelente interpretación que le hizo ganar un Oscar a la mejor actriz.
El espejo roto, de Agatha Christie, le dio en 1980 la oportunidad de demostrar la capacidad innata de interpretación con la cual siempre nos ha cautivado. Su personaje de Marina Grey rueda en un pueblecito inglés una película sobre María Estuardo. Durante el transcurso de la representación del rodaje, alguien intenta envenenarla, matando a una invitada. El espejo roto es una película de misterio, un “whodunit”, en el que se gastan bromas a costa de la vulgaridad de estrellas de Hollywood y el provincianismo de la campiña inglesa, en el que se intenta reflejar el ocaso de una estrella.
Siempre recordaré a Elizabeth como parte de mi infancia, cuando reponían Lassie, y como parte de mi vida de adulta con todas las reposiciones de sus excelentes películas. Nunca habrá ninguna Cleopatra como ella, ni nunca más tendremos unos ojos violetas como los suyos iluminando la pantalla. Descansa, amiga, donde quiera que estés, junto con los grandes escritores que hicieron con su pluma personajes tan intensos para que tú los dieses tu aliento y tu vida.

7 comentarios:

  1. Extraordinaria entrada para un mito de nuestro cine y una belleza excepcional.

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  2. Qué linda entrada para recordar a esta diva hermosa, talentosa y tan noble, de hecho que la recordaremos siempre.

    Besos.

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  3. Precioso homenaje!!
    cuántas películas, cuántos recuerdos.. que nos deja esta bellísima mujer, de ojos hermosos!
    Alla donde esté, que descanse y sea feliz!

    abrazo

    eljardindemiduende

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  4. Una gran actriz sin ningún género de duda, y una vida apasionante la suya, descanse en paz.

    Un beso.

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  5. Qué bonito homenaje! Era una gran actriz y un bellezón, además...
    Besitos,

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  6. Hola, te vi en este otro blog, pero chiquilla ¿Cuántos tienes? bueno, bueno... pues este es expléndido, la entrada sobre la chica de ojos de imposible violeta es muy buena... Y a mí me llamó la atención tu frase de arriba a la izquierda... une, dole, tele, catole.... me recuerda a la canción de mi infancia, un poquito cambiada... era... uni, doni, teni, catoni, quini, quinita, estando la vieja en su tibureta, vino el rey, le apagó el candil, candil candilón, cuenta las 12 que las 12 son... pero ya no puedo confiar en mi memoria... quizás hasta lo tenga desvirtuado por el paso del tiempo y por no usarlo... ya no juego en el parque... ¡Qué lástima! Bss... amiga.

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  7. Un placer haberte conocido y pasear por tus creativos blogs. Un abrazo y nos vemos pronto por aqui!
    Saludos Jota de Jota

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Un verdadero amigo es alguien capaz de tocar tu corazón desde el otro lado del mundo.

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