Hoy os hablaré de Al Furtado. Nacido en Massachusetts en 1930 y fallecido en 2012, el pintor nos legó una magnífica obra que despierta la admiración de todo aquel que la contempla, llegando a formar parte de numerosos hogares. Pero antes de adentrarnos en sus lienzos, conozcamos un poco más la historia del autor.
Durante su formación en el renombrado Chouinard Art Institute de Los Ángeles, Furtado absorbió las lecciones de grandes maestros. El propio artista declaró que su pincel estuvo fuertemente influenciado por figuras de la talla de Edgar Degas y Joaquín Sorolla, de quienes aprendió a capturar la vida en movimiento y a dominar los efectos de la luz sobre la piel. Asimismo, su gran referente estadounidense fue Norman Rockwell, cuya impecable técnica ilustrativa inspiró a Furtado a dotar de un carácter único, expresivo y profundamente humano a cada una de sus figuras. Con este sólido bagaje técnico a la espalda, el pintor estaba listo para dar el gran salto de su vida.
En palabras del propio artista:
"Lo que hago es pintar mis experiencias de vida aquí en Hawái, con todos los temas a mi alcance: paisajes marinos, terrestres, hermosos ocasos de este paraíso... Pero lo que más me ha cautivando es la belleza y el estilo de vida de sus habitantes."
Desde su llegada a principios de los años 60 a Hawái, formó parte de una de las familias más talentosas de la isla: los Beamer. Esta familia es reconocida por sus músicos, bailarines y educadores; y cuando organizaban un luau, era la fiesta más colorida y divertida que jamás se hubiera visto. Allí, el espíritu Aloha cobraba vida de verdad. Este vínculo íntimo transformó por completo su arte: las personas que vemos cantar, las ancianas (kupuna) cosiendo las hermosas colchas tradicionales o los músicos interpretando un mele no eran modelos anónimos, sino su propia familia política. Furtado no pintaba escenas turísticas; plasmaba con devoción, respeto y orgullo el calor de su propio hogar. Su primera exposición individual fue con las Village Galleries, en Maui, cosechando una gran aceptación entre los coleccionistas por su arte cálido y expresivo.
A mí personalmente, lo que más me llamó la atención fueron esas enormes colchas con motivos vegetales tan maravillosos. He estado indagando y descubrí que el origen de esta artesanía llegó con las primeras misioneras occidentales en el siglo XIX. Sin embargo, las mujeres nativas transformaron el quilting por completo: en lugar de unir pequeños retazos, crearon un estilo propio utilizando grandes piezas de tela entera a las que aplicaban siluetas simétricas. La mirada del pintor nos muestra en sus lienzos no solo el intrincado patrón geométrico y botánico de las colchas, sino también un valioso contexto social: mujeres reunidas al aire libre, compartiendo y cosiendo juntas estas monumentales piezas que en las islas se consideran auténticas reliquias familiares. Son regalos invaluables de abuelas y madres; símbolos de afecto, amor, respeto y consideración que se obsequian en bodas o despedidas.
No se puede expresar suficientemente la alegría que Al Furtado transmite en sus extraordinarias pinturas. Sus descripciones encantadoras de los encuentros familiares, donde los coloridos bailarines parecen deslizarse a través del lienzo al ritmo de la música, nos permiten experimentar, en primera persona, el verdadero espíritu hawaiano.
A través de las pinceladas de Al Furtado, hemos viajado desde el frío Massachusetts hasta la calidez de un porche en Maui, descubriendo que el arte de coser colchas es, en realidad, el arte de unir a una familia. Sus lienzos nos recuerdan que cada puntada de una Kapa Kuiki y cada movimiento de un hula guardan la historia viva de un pueblo.
Me Ke Aloha Pumehana, ( viene a ser con todo cariño un fuerte abrazo)

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